Viaje a Chaouen (Marruecos) y senderismo en el Puente de Dios

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Vista desde lo alto de la montaña, al fondo la estación hidrográfica

Un sábado de abril, el 21, nos reunimos en Chaouen un pueblo marroquí azul. Pero llegamos en dos tandas. La primera llega por la mañana y la segunda por la tarde, en esta última es la me encuentro. El grupo, se llama Manadas, un grupo muy simpático y agradable. Senderista a reventar.

La idea es pasar por la parte de arriba del Puente de Dios, también se puede ir por el río, pero este recorrido ya se ha hecho por casi todo el grupo. Este puente es natural y atraviesa el río Farda, afluente del río Laou, pero antes dormiremos en Chaouen y pasaremos la tarde en compañía de todos. Unas aprovecharán la tarde para las compras que no hacen falta, y otras para las compras que hacen falta.

Chauen, en rifeño significa cuernos y no es por otra causa que por sus dos moles que la rodean. También se le puede llamar Xauen (nombre españolizado) o Chefchauen. La última significa «mira los cuernos» en rifeño arabizado. Dentro se puede encontrar desde productos naturales para la salud, o lo que es lo mismo «medicina naturista», hasta encontrar cuadros pintados por artistas locales, pasando por hermosas alfombras llenas de colores y hechas a mano en los telares de madera que puedes ver durante tu visita. Su gente es gente amable y comercial y que ven a la persona extraña como turista. Se dirigen a ella suavemente, cuidando las maneras y midiendo sus palabras.

Los talleres de los artesanos inundan la población. Para los amantes de la fotografía es un pueblo con grandes posibilidades de colorido blanco y azul en todas sus tonalidades, salpicado con otros colores para que resalten detalles y la monotonía no sea la ganadora en las sensaciones. Es una pena que los olores no se pueden pegar a las fotos, el olor es otra característica de Chauen, olores a especias, colonias y esencias, frutas,…. También fluye tradición musulmana, sus personas típicas y actitudes asombrosas.

Al llegar a sus calles principales y una vez pasada la plaza donde se encuentra el hotel Parador encontramos una de sus maravillosas plazas, la plaza Uta al-Hammam y su Alcazaba. Estaba considerada como una ciudad santa, de las muchas existentes en Marruecos, por lo que en el pasado no se permitía entrar a los extranjeros y por eso ha mantenido todo su encanto medieval. También hay que ver su zoco, sus azuladas calles que pintan todos los años y mantienen magistralmente limpias. Hay que pasear por las laderas de su río y ver a las lavanderas azotar sobre las piedras los ropajes que trabajan con sus manos. Chefchaouen tiene hammanes y balneario.

La leyenda cuenta que cuando en España los musulmanes gobernaban el Jerife Mulay Alí ben Rachid se enamoró de la una vejeriega llamada Zhaora y para suavizar su añoranza construyó un pueblo a semejanza de Vejer de la Frontera, el lugar natal de su amada. Fue fundad en 1471.

El primer grupo encuentra un hotel para que todos estemos juntos, el problema reside en los aseos. En Chauen los hoteles eran antiguos edificios de viviendas. Las viviendas normalmente no suelen tener cuarto de baño en sus habitaciones, por lo tanto aun adolecen de dicho elemento, y por esto cuesta encontrar habitaciones con baño. Entramos en otro hotel diferente al primer grupo pero nos juntamos para cenar y seguir haciendo todos juntos.

Volvemos a descubrir la fresca noche de Chaouen y en medio de la noche surge una parada en su actividad humana y por lo tanto el pueblo se paraliza, el Madrid y el Barcelona están jugando uno de sus partidos anuales e importantes en la liga, el Madrid se juega el ser campeón de la Liga española. Son grandes aficionados al fútbol como muchos españoles. Hasta que el partido no termina el pueblo no recupera su habitual movimiento.

Todos pasean por sus calles, todos van de aquí para allá buscando no se que, pero no paran. Un puesto de caracoles, que a un turista le seria impensable degustar el producto, los que allí residen los comen como si de un manjar fuera. Puestos de ropas, cacharros y cachivaches varios, pinturas para el adecentamiento de las mujeres, abalorios de múltiples colores, especias, muchas especias, todo se puede vender aquí.

Por la mañana nos levantamos ruidosamente y desayunamos abundantemente, las fuerzas se tienen que regenerar para lo que nos espera. Se junta el grupo a las afueras del pueblo y con los coches llegamos a Akchour, dentro del Parque Nacional del Talasemart y continuamos hasta la central hidroeléctrica. Allí encontramos a un guía local que nos ayudará a llegar al Puente de Dios.

Empezamos nuestra marcha y somos veinte, el camino comienza subiendo y atravesaremos campos de quif y otras sustancias. Vemos asnos y borricos realizando sus funciones de arado. Me recuerdan a mi infancia en el pueblo de mis padres cuando lo visitaba en verano. Ahora estas estampas no se encuentran fácilmente en España, ha desaparecido esta forma de agricultura, ahora esta casi todo mecanizado y por eso el borrico ibérico esta en vías de extinción. Nadie se acuerda de el después de habernos dado todos sus servicios.

Seguimos con nuestra tarea y empezamos a bordear las paredes del cañón que ha sido formado lentamente por el río. Los cortantes son magníficos, la vegetación es de monte bajo pero exuberante, verde y de género variado. Los turistas, sobre todo nacionales, son abundantes. Algunos de ellos no son muy amigos de lo español por sus palabras, desconozco si este sentimiento es mayoritario pero lo que si es cierto que cada vez es mayor, o quizás es una impresión errónea.

Después de una hora se divisa el puente natural, el Puente de Dios. Un brazo de tierra de escasamente unos metros, aproximadamente unos treinta metros de puente. Se encuentra vallado para evitar caídas, además su suelo se encuentra tratado y aplanado. En uno de sus lados se encuentra una pequeña tienda que también hace función de bar. Paramos en el otro lado del puente a tomar un refrigerio, algo ligero para que no moleste para la vuelta. No hay cosa peor que andar con la barriga llega ya que la situación se haría pesada e insostenible.

Nos relajamos y disfrutamos de unos minutos del lugar, en realidad desde arriba casi no se ve el río, tendríamos que salir mucho por los bordes para poder divisarlo. Eso es temerario.

Continuamos, y comenzamos a subir, ya estamos dando la vuelta y lo hacemos por la otra orilla, pero ya no podemos ver el agua y nos conformamos con las vistas del valle. Es un momento del año en el que tenemos buen tiempo y la naturaleza se encuentra verde, la primavera aun está dando sus frutos, aunque estamos atravesando un periodo de sequía. Seguimos subiendo, la subida se nos hace un poco empinada y sufrida pero nada que no se pueda superar. Todos llegamos algo cansados a la cima de la montaña, las vistas son impresionantes. El día acompaña con su temperatura y su claridad para realizar esta escapada y deja que disfrutemos del momento, las nubes casi son inexistentes y el calor no es tan importante como para que la evaporación del poco agua que puede contener la tierra nos provoque una cortina de neblina que pueda impedir la claridad que en esos momentos existe.

El descenso se produce lentamente, estamos cansados, la subida ha esquilmado nuestras fuerzas y llevamos casi dos horas y media de camino. Salimos sobre las doce del día y tenemos hambre y algunos tienen ganas de mojarse los pies en el río y descansar, la hora de llegada aun se hace esperar. No obstante y después unos cuantos intentos de caídas al fin vemos nuestra meta. Unas casetas de forestales y baños públicos nos indican que ya hemos llegado, pasamos un puente y después atravesamos otro para llegar al aparcamiento de vehículos. Pero no nos quedamos ahí, vamos buscando un barecillo que habíamos visto desde arriba en la otra orilla y para eso tenemos que traspasar las entradas a una central eléctrica que existe allí, estamos en una pequeña presa hidroeléctrica que si no recuerdo mal es del año 1956, casi seguro que me equivoco. La atravesamos sin ningún contratiempo y encontramos el barecillo. Allí descansamos y reponemos fuerzas.

Pasados unas horas y después de que bastantes miembros del grupo Manada se mojen los pies o mas regresamos a Ceuta para descansar del maravilloso fin de semana que hemos pasado.

¡Manada!, hasta otra salida.

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© Javier Sancho
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